Los caídos del CNI: despropósitos y negligencias mortales

En un día como hoy, en 2003, fallecieron 1 + 7 agentes del CNI en Irak. ¿Las causas? Más que a sus atacantes, que lógicamente también, lo fueron por el cúmulo de improvisaciones, despropósitos y negligencias… mortales de todos, desde el más alto, Aznar, hasta ellos mismos. Nadie, excepto ellos, que pagaron con sus vidas, han pagado por ello, ni si quiera pedido disculpas.

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Hoy justo hace quince años, fue en 2003, que en el lejano Irak murieron ocho agentes del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) español. Vaya por delante nuestras más sinceras condolencias a sus familiares, que sin duda los tienen presentes todos los días; no creemos que lo hagan los responsables de su muerte.

Dicho lo cual, y como vamos a ver, sus fallecimientos se podrían haber evitado si lo hubieran sido, como debió ser, el cúmulo de despropósitos y negligencias que provocaron tan funestas consecuencias, por las cuales los negligentes aún hoy en día no sólo no han pagado –excepción hecha de los propios fallecidos que también las cometieron–, sino que ni siquiera han entonado un breve mea culpa o pedido las más mínimas disculpas, lo que pone en evidencia su miseria, ruindad y cobardía.

Para justificar, explicar y que se pueda entender lo que seguro que a muchos les ha sonado duro, hay que empezar por ponernos en antecedentes; que es además, donde comienzan los despropósitos y las negligencias.

Los comienzos

Almirante Moreno Barberá

En 2003 era Presidente del Gobierno José María Aznar; ministro de Defensa Federico Trillo; JEMAD el Almirante Moreno Barberá y director del CNI el diplomático Jorge Dezcallar.

Jorge Dezcallar

Aznar decidió sumarse a los norteamericanos e ingleses en su segunda invasión de Irak, justificándola al igual que ellos falsamente con lo de las armas de destrucción masiva, pese a todas las pruebas en contra, sólo para darse incienso internacional. Trillo siempre ha sido un penoso individuo, egocéntrico, superficial, cobarde y rastrero, que da grima. El Almirante Moreno era el típico militar “demócrata” de esta época –como el de ahora, Alejandre, y mucho nos tememos que los de mañana–, que llegó a tan alto cargo por no haber dado nunca ningún problema, por saber decir a todo que sí, por no piarlas, por ser ese florero que todos tenemos en casa que lo pongas donde lo pongas siempre queda bien, aunque para nada sirve. Jorge Dezcallar era, en lo personal, un cretino ególatra –siempre preocupado de su “belleza” hasta el punto de que cuando pasaba cerca de algún espejo en el CNI no podía resistir mirarse en él, aunque fuera de soslayo–, en lo profesional, el típico diplomático de voz radiofónica, engolado, experto en canapés y cócteles, que nada sabía de servicios de inteligencia, pero que no supo resistirse a tan mítico cargo, al cual se le aupó por vulgar amiguismo.

Federico Trillo

Aquí tenemos los primeros despropósitos y negligencias. Nos apuntan, Aznar y Trillo, con foto infame de las Azores incluida, a una guerra que ni nos va ni nos viene, para la que no tenemos potencial, injusta, anticonstitucional, de agresión a una nación que ni nos había amenazado ni mucho menos atacado.  El JEMAD se calla, faltaría más, y no se opone con toda sus fuerzas, dimisión incluida. Dezcallar tampoco, ni informa en contra, ni busca información de verdad para evitar la estupidez y calla. Y la maquina, rebosantes de soberbia e ineptitud, se pone en marcha.

El 20 de Marzo, norteamericanos y británicos invaden Irak, y España se prepara para sumarse a las fuerzas invasoras en cuanto canten “victoria”. Mientras, los gravísimos problemas internos de nuestra patria no hacen más que agravarse, sin que Aznar y compañía no sólo no les pongan los contundentes remedios que exigen y eran -y son- de ley aplicar, sino todo lo contrario, alimentan a la bestia.

El 1 de Mayo, Bush dio por terminada la guerra, bien que a falta de detener a Saddam Hussein, así como de acabar con sus numerosos partidarios que, lógicamente, optaban por resistir organizando una dura y cruda guerra de guerrillas, de “insurgencia”, o sea terrorista, máxime con su jefe huido y vivo lo que les daba ánimos y esperanzas, convirtiendo Irak en un caos con cientos de atentados y ataques a las fuerzas “vencedoras”, así como a la población; las fuerzas armadas del país habían sido o destruidas o disueltas o se habín pasado, no pocos de sus componentes, a la “insurgencia”.

gral. Díaz de Villegas

Decretada la “victoria” por el “amigo americano”, en España se ordenó la creación de la Brigada Plus Ultra I, fuerza mixta hispano-centroamericana integrada por 1.300 españoles y casi otros tantos militares de países de Centroamérica y Portugal, puesta bajo mando español. Tal fuerza, en lo que se refiere a España, se formó con elementos de varias unidades muy dispares, sin homogeneidad entre ellas, faltas de la necesaria cohesión, que en un principio se puso bajo el mando del gral. Vicente Díaz de Villegas al que hay que reconocer que hizo lo que pudo, que fue muy poco, para intentar subsanar tan graves defectos de conglomerado tan poco operativo y absurdo.

gral. Cardona Torres

Pero de manera sorprendente, sin que hasta ahora se conozca la causa real, Federico Trillo, en uno de eso arranques de estupidez e irresponsabilidad que siempre le han caracterizado, decidió tres días antes de que la Brigada saliera para Irak –repetimos: sólo tres días antes–, e incluso en contra de la opinión de la cúpula militar, sustituir a Díaz de Villegas por el gral. Alfredo Cardona Torres.

Aquí nuevos y fundamentales despropósitos y negligencias, porque se manda a una zona de guerra –sí de guerra pura y dura, a pesar de que lo negaron mil veces todos, incluso los militares que tragaron con ello–, a una fuerza armada si cohesión, una amalgama informe de pequeñas unidades, mandos y tropa cogidos de aquí y de allí, al mando de un general que no la conocía porque no había participado en su formación, con un Estado Mayor cabreado porque le habían quitado a su general y le habían puesto a otro al que tampoco conocían, etcétera, etcétera. Pero todos gtragaron.

Y más despropósitos y negligencias. Porque aunque varios de los mandos, comenzando por Cardona, tenían experiencia en misiones en los Balcanes, a lo que iban ahora en nada se parecía a aquello, algo que nadie, ni Cardona, ni sus subordinados, entendieron, ni tampoco nadie les hizo entender, porque nadie quería comprenderlo. En los Balcanes, las fuerzas españolas lo fueron de interposición cuando los diversos contendientes ya habían optado por pactar, cuando las mutuas agresiones habían dado paso a la paz, que aunque con esporádicos sustos, estuvo siempre asegurada, por lo que su misión era sólo de vigilancia de dicha “paz”, de llevarse bien con los unos, con los otros, con todos, de reconstrucción, etcétera, etcétera; nada que ver con Irak, por lo que su enfoque operativo, anímico y de todo punto de vista fue desde el primer instante gravísimamente erróneo.

Martín Oar

El 23 de Julio partieron los primeros contingentes de la Puls Ultra I, quedando el despliegue completado el 28 de Agosto en la base de Diwaniya, de la que se hicieron cargo tras relevar a los yanquis, situada a unos 170 kilómetros al sureste de Bagdad. Aviso para buenos navegantes –Cardona y los suyos no lo eran–, fue que el día 20 de ese mes había fallecido el capitán de navío Manuel Martín Oar gravemente herido en el atentado suicida perpetrado el día antes, nada más y nada menos, que contra la sede de la ONU en Bagdad –por ello muy custodiada–, con un total de 24 muertos. Martín Oar trabajaba como adjunto del embajador español en Misión Especial en el Consejo de Cooperación Internacional para Irak.

Junto con el contingente militar citado, se decidió el desplazamiento a la zona de varios agentes del CNI. Uno, como agregado de Información de la Embajada de España, y, ocho más, en apoyo de las tropas.

Y aquí los nuevos despropósitos y negligencias, que conforme descendemos a la zona de “combate” son aún más graves que las ya vistas.

El CNI tenía también experiencia en misiones de “paz” en los Balcanes en apoyo de las fuerzas allí desplegadas en su día, pero lo mismo que ellas, sus misiones lo fueron en una zona en “paz”, consistiendo en tomar contacto con las distintas partes en liza y hacerse “amigos” de ellos para evitar sustos a nuestras tropas; casi, casi, confraternizar con “los enemigos”. Tal misión, en tal situación, fue siempre fácil, porque en realidad tenía muy poco de inteligencia y mucho de mera diplomacia. Ahora la cosa, como ya vemos, en absoluto iba a ser así.

Hubo un aviso previo al CNI de parte del servicio de inteligencia exterior británico en una reunión de cara a lo de Irak, en la que los hijos de la pérfida Albión se dieron cuenta de que los españoles tenían una idea equivocada de lo que era Irak en aquel instante, avisándoles por activa y pasiva de que lo que había allí era una guerra en toda regla, dura y peluda. Consta también que los españoles hicieron alarde de “saberlo todo”, de “su experiencia en los Balcanes”, en fin… de soberbia… de estupidez.

Y, junto a lo anterior, los nuevos despropósitos y negligencias, esta vez de Dezcallar y sus subordinados, que improvisaron todo hasta extremos increíbles. Aquello fue una más del CNI, una de tantas otras, organizadas a la buena de Dios, al tuntún, sin medir las potenciales consecuencias, sin determinar objetivos y procedimientos claros, sin evaluar la situación real, sin tener en cuenta nada, ni si quiera pararse a pensar lo más básico. Se encarga del dispositivo a Alberto Martínez González, comandante de Infantería del Ejército de Tierra, por ser la persona que había estado de “terminal” del CNI en Bagdad –o sea, acreditado ante los servicios de inteligencia iraquíes cuando las relaciones eran normales antes de la guerra–, por lo tanto más que fichado por éstos que, cosas de las guerras, en buena parte se habían pasado a la insurgencia porque lógicamente eran los que más perdían con la caída de Saddam, que por otro lado recordemos que seguía vivo y libre. Más: ¿qué clase de “inteligencia” se puede hacer en un escenario de guerra de guerrillas, de insurgencia, de terrorismo, del que nada se sabe y nada pueden saber ocho pobres hombres perdidos en aquella inmensidad? Además, se persiste en creer –incluso por los propios agentes– que Irak iba a ser como los Balcanes, donde la mano izquierda, la diplomacia soterrada, lo iba a poder todo.

Bernal Gómez

Pasó Septiembre y, mientras las fuerzas españolas navegaban en la inmensidad iraquí, apenas atreviéndose a salir de su base de Diwaniya, sufriendo graves problemas de desorganización, un verdadero desbarajuste, el sargento primero del Ejército del Aire, José Antonio Bernal Gómez, agente del CNI destinado en la embajada española en Bagdad –ya lo había estado antes de la guerra junto con el ya citado Alberto Martínez, y por ello también “fichado”–, era asesinado el 9 de Octubre a tiros en la calle donde se ubicaba su casa, en la que había vuelto a vivir, muy cerca de la Cancillería española, por varios “insurgentes” que llamaron a su puerta, intentando matarle allí mismo, bien que pudo zafarse y salir corriendo sólo hasta tropezar, caer y ser rematado en el asfalto. Todo muy evidente.

Más despropósitos y negligencias fueron las de este hombre –y las de sus jefes del CNI– perfectamente identificable e identificado, viviendo de nuevo como “diplomático”, que poco o nada podía hacer en lo referente a su misión de información, sin medidas de seguridad personal, solo, convertido por todos y por él mismo en un objetivo perfecto por lo fácil; volvemos a insistir en un Irak en guerra; por favor, léanlo en voz bien alta, en GUERRA de verdad, y además de la peor clase, la de guerrillas urbanas, la del terrorismo.

Pues la cosa no sirvió de aviso porque no había, ni en la sede del CNI, ni entre los agentes desplazados en Irak, buenos navegantes.

El 29 Noviembre, tan sólo mes y medio después, siete agentes de dicho Centro morían en la carretera que desde Bagdad conduce a Diwaniya, en el desolado paraje denominado Lattefiya, a unos 30 kilómetros de la capital, cuando se dirigían a la base militar española. Los fallecidos fueron Alberto Martínez González, Comandante de Caballería del Ejército de Tierra –de quien ya hemos ofrecido el perfil–; los Comandantes de Infantería del Ejército de Tierra, Carlos Baró Ollero, José Merino Olivera y José Carlos Rodríguez Pérez; José Lucas Egea, brigada de Caballería del Ejército de Tierra; Alfonso Vega Calvo, brigada de Infantería del Ejército de Tierra; y Luis Ignacio Zanón Tarazona, sargento primero radiotelegrafista del Ejército del Aire. Logró escapar y conservar la vida José Manuel Sánchez Riera, también sargento primero del Ejército del Aire.

Los ocho agentes del CNI

¿Cómo fue la cosa?

El 29 de Noviembre, los agentes regresaban a la base de Diwaniya, donde pernoctaban habitualmente (¿?) después de almorzar en Bagdad, en la antigua casa de Alberto Martínez, tras visitar a varias autoridades en la capital; lo que venían haciendo habitualmente. Alberto Martínez conducía un Nissan Patrol blanco en el que viajaban José Merino, José Lucas e Ignacio Zanón. Detrás, a una distancia prudencial, pero en absoluto suficiente, y a bordo de un Chevrolet Tahoe azul, conducido por Alfonso Vega, viajaban Carlos Baró, José Carlos Rodríguez y José Manuel Sánchez. La ruta era, teóricamente, menos peligrosa por ser secundaria, bien que si se observa la zona tal cosa no es tan cierta como se ha dicho.

Sobre las 15,25h., a la altura de Latifiya –una zona toda ella dominada por los insurgentes calificada de especialmente peligrosa–, un vehículo berlina de color blanco se coloca detrás del convoy de los españoles. Acelera, les sobrepasa y sus ocupantes abren fuego con sus kalashnikov contra ellos, primero del vehículo que va más retrasado, matando a su conductor, Alfonso Vega, para seguir de inmediato y matar al del primer automóvil, Alberto Martínez, además de reventar las ruedas de los vehículos; que la distancia entre ellos era inadecuada por escasa para tal desplazamiento y que no iban vigilándose los unos a los otros explica que tras hacer fuego contra el vehículo trasero pudieran los “insurgentes” alcanzar al primero sin que de parte de él hubiera reacción alguna. Ambos vehículos pierden el control y terminan estrellándose quedando separados. El coche atacante se marcha del lugar a gran velocidad.

Los agentes salen como pueden de los vehículos y se parapetan. Tratan de contactar a través de los dos teléfonos satélite que portaban con la base de Diwaniya para pedir apoyo de helicópteros, pero sin éxito –la base tendría en todo caso a su vez que haber pedido tal apoyo a los yanquis–, logrando hacerlo muy brevemente y con malísima calidad con Madrid, sin poder llegar a facilitar los datos del lugar en que se encontraban porque la comunicación se cortó en seguida; de todas formas, en tan extrema situación, poco o nada hubiera podido hacerse desde allí.

De inmediato reciben nutrido fuego de AK-47 y algún disparo de lanzagranadas desde dos edificaciones que había cerca de donde se encontraban; lo que demuestra que el ataque estaba preparado de antemano. Aunque los agentes respondieron al fuego, al estar sólo armados con pistolas, de poco les sirvió, porque la desventaja era total en todos los aspectos. Irían cayendo uno detrás de otro.

En un momento dado Carlos Baró gritó a José Manuel Sánchez “¡Ve a buscar ayuda!”.  ¿Por qué? ¿Vio que tenía posibilidades de escapar por la situación que ocupaba? ¿Fue aprovechando un receso en el tiroteo? El caso es que Sánchez logró alcanzar la carretera, intentó parar un vehículo que pasaba por ella encañonándole con su pistola, la cual, al intentar hacer fuego, una vez que el vehículo deshoyó sus requerimientos, se encasquilló y no pudo disparar.

Uno de los vehículos de los agentes

De inmediato, Sánchez fue alcanzado por un nutrido grupo de civiles de la zona que habían acudido a contemplar el “espectáculo”, los cuales comenzaron a golpearle, le quitaron el cinturón intentando atarle con él y pretendieron meterle en el maletero de un coche para llevárselo prisionero, tirándole una y otra vez al suelo, tantas como él intentó zafarse de ellos. En esas circunstancias, se destacó de la turba un hombre con aspecto, al parecer, de religioso, que besó en la majilla a Sánchez, logrando con tal gesto que la turba depusiera su actitud y se alejara. Sánchez aprovechó el momento, logrando montarse en un taxi que pasaba por allí, en el cual se dirigió a la comisaría de policía iraquí más cercana que estaba a unos doscientos metros del lugar de los hechos; sin que de ella hubiera habido reacción alguna en favor de los españoles. Reunió un puñado de agentes y regresó al lugar de los hechos. Para entonces el panorama era desolador. Un equipo de televisión norteamericana grababa cómo los cadáveres eran destrozados por una turba de civiles encolerizados. Los coches de los agentes ardían.

Ahora los despropósitos y negligencias del CNI, incluidos los de los propios fallecidos. La labor de los agentes en las circunstancias de Irak en aquel momento, en una zona de guerra tan informe y descontrolada como aquella, poca o ninguna podía ser, por lo que, de entrada, estaban en el lugar y en el momento equivocado. Los agentes pernoctaban en la base española, iban y venían a Bagdad desde ella, luego era fácil identificarlos y prver sus movimientos, aumentando todo ello su vulnerabilidad; lo hacían con los mismos vehículos; en las mismas circunstancias; todos juntos; por la misma carretera “secundaria”, en realidad paralela a la autovía principal visible desde ella. Sus gestiones en Bagdad eran de sobra conocidas, pues habían intentado llevar a cabo la labor encomendada que no era otra que la misma que se había realizado en los Balcanes, es decir, intentar confraternizar con el enemigo, sólo que esta vez éste lo era de verdad, no como en aquella región de Europa. Para estar en una zona de guerra, de guerrillas, de terrorismo, viajaban en vehículos sin blindar; sin reforzar su potencia; sin más armamento que pistolas; sin aparatos de comunicación adecuados –fallaron cuando más falta hicieron–; sin protocolos de emergencia directos con los yanquis –los únicos con medios aéreos que podrían, sólo tal vez, haber podido evitar en algo el desastre–; sin tomar precauciones como la de nunca viajar todos ni juntos y separar los vehículos a gran distancia, jamás aparecer por la base española y otro largo etcétera que no reseñamos para no alargar este análisis. Sin duda eran blanco fácil para cualquiera y… jugoso; por ejemplo para los ex-miembros de los servicios de inteligencia iraquíes, antes sus “amigos” pero ya no.

Los restos de los agentes a su llegada a Madrid

Después de lo dicho, los motivos por los que José Manuel Sánchez fue salvado por el enigmático personaje dan igual. Pudo deberse a un milagro –que haberlos haylos– o a simple baraka; las cábalas hechas sobre ello de nada han servido. La detención de un traductor utilizado habitualmente por Alberto Martínez, al que se acusó de haber señalado a los agentes, y su corto paso por la cárcel, menos aún; durante tres días lo interrogaron varios agentes del CNI, polígrafo incluido, insistiendo él en negarlo todo; los agentes tuvieron que defenderse de sus acusaciones según las cuales le habían dado “bofetones y empujones, así como proferido amenazas”. Puesto en libertad sin cargos, el Ministerio del Interior español le prohibió entrar en Europa, por lo que no se le pudo detener aquí… ni hubiera servido para nada, ni tampoco el CNI fue a… “visitarle” a Irak nunca… ya me entienden; indignante y repugnante espectáculo “democrático” a pesar de tener siete cadáveres sobre la mesa; así nos tomamos… la guerra.

Como hemos visto, de principio a fin, todo un cúmulo de despropósitos, de negligencias, de todos, por desgracia, incluidos, los propios fallecidos.

¿El epílogo? Varios.

El CNI dio órdenes contundentes de que desde ese mismo instante sus agentes fueran escoltados por las COE,s o la Policía española. ¿Y cómo actúa o para qué sirve un “agente de inteligencia” cuya labor, si es que es necesaria, debe ser secreta, discreta, etcétera, rodeado de una escolta de “gorilas”?

El CNI erigió un penoso y patético monumento en su jardín en memoria de los fallecidos.

Nadie del CNI asumió responsabilidad alguna por lo acaecido. Tampoco Dezcallar, ni Trillo, que en recompensa sería nombrado embajador en Londres.

El Gral. Cardona, jefe de la Plus Ultra I, y del dispositivo en Irak en ese instante, llegó a Teniente General.

Pocos días después, en el mes de Diciembre, y de prisa y corriendo, debido al desbarajuste de la Plus Ultra I, tal unidad fue sustituida por la Plus Ultra II mandada por el Gral. Fulgencio Coll, cuya unidad madre era la División Mecanizada con base en Extremadura, mandada por el Gral. Pérez Alamán; la cual, tras el acceso al poder a caballo del 11-M –y de sus muertos– de Rodríguez Zapatero en Junio del año siguiente, 2004, fue retirada de Irak.

Nadie, ni políticos, ni militares, ni sus compañeros, pujaron con ahínco porque se concediera a los fallecidos el homenaje y las recompensas que, en buena lid, por haber dado su vida en acto de servicio en guerra, les correspondían.

José Manuel Sánchez fue mantenido por el CNI en discreto “alejamiento” durante mucho tiempo. Hoy es miembro de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (¿?). Hace un par de años salió a la palestra en un acto de la AVT en Valencia, dijeron que “arropado” por el actual director del CNI, el gral. Sanz Roldán, pero dio más la impresión de que en realidad Sanz estaba allí para controlarle, no fuera a decir algo inconveniente. Los datos que, lógicamente, sólo conoce él, nunca se han hecho públicos, como tampoco los resultados de la investigación que, suponemos, llevó a cabo el CNI.

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